Ford Fiesta 1.6 TDCi Titanium 5p
Con un diseño futurista, la sexta generación del Ford Fiesta ha ganado muchos enteros respecto a la anterior. Hemos probado la versión dotada con el eficaz propulsor diésel de 90 CV, que, con unas emisiones inferiores a 120 g/km, exime al utilitario de la firma del óvalo de pagar el impuesto de matriculación.
En 1967, el nuevo plan de reestructuración de Ford llevó a la compañía a crear su división europea. Poco después, la firma del óvalo decidió construir una fábrica en la localidad levantina de Almussafes para producir el nuevo Fiesta, cuyo presupuesto de desarrollo, de 870 millones de dólares, era, hasta la fecha, el más elevado de cuantos había afrontado la empresa. El 25 de octubre de 1976, Henry Ford II, en compañía del rey Juan Carlos, inauguraba la planta, y un año después el Fiesta superaba el récord del mítico Mustang, al registrar unas ventas de 441.000 unidades en 1977.
Con el paso del tiempo, este utilitario se ha convertido en todo un referente para Ford, y no es de extrañar, pues, que la sexta generación conserve el nombre de su primer antecesor, aunque nada tenga que ver con él. Para empezar, porque su carrocería, derivada del prototipo Verve Concept y fruto del denominado Kinetic Design, es mucho más atrevida y futurista, y, por si fuera poco, con unas dimensiones –3,9 metros de longitud- que lo aproximan incluso al Focus, perteneciente a un segmento superior.
El diseño del habitáculo también sorprende, sobre todo la llamativa consola central, inspirada en los modernos teléfonos móviles. Asimismo, agrada el material empleado para el recubrimiento del tablero de instrumentos, aunque el plástico de la parte inferior, sobre todo el de la guantera, nos parece mejorable. Igualmente, no entendemos por qué no se ha incluido un asidero para el pasajero delantero, un elemento demandado por quienes nos han acompañado durante la prueba y habitual en la mayoría de los modelos del mercado.
En líneas generales, el puesto de conducción es aceptable, pues el asiento es cómodo y recoge bien el cuerpo y el volante multifunción se regula en altura y profundidad. Además, para accionar el motor basta con pulsar un botón, lo cual da la sensación de conducir un coche de mayor empaque, pero, por el contrario, la ubicación del selector de las luces no nos parece demasiado accesible. Por lo que respecta a la habitabilidad de las plazas traseras, sus cotas han mejorado respecto a las del anterior Fiesta, mientras que el portón de la zaga, cuyo diseño resta algo de visibilidad, da acceso a un maletero con una capacidad de carga de 295 litros.
En el caso de nuestra unidad, equipaba el conocido propulsor turbodiésel 1.6 TDCi de 90 CV. Asociado a un cambio manual de cinco velocidades, este bloque, convenientemente actualizado, ofrece un buen rendimiento y, lo mejor de todo, un ajustado consumo medio –5,5 litros cada 100 km.- y unas emisiones de CO2 inferiores a 120 g/km, lo que exime a esta versión del impuesto de matriculación.
En cuanto al comportamiento, las dimensiones del Fiesta lo convierten en un buen aliado urbano, mientras que el revisado equipo de suspensiones contribuye a que su respuesta en cualquier tipo de carretera sea satisfactoria. Además, la nueva dirección de asistencia eléctrica se desmarca de las empleadas por otros utilitarios, posibilitando un correcto guiado que, eso sí, requiere un tiempo de adaptación.
La versión probada por Público, con carrocería de cinco puertas y acabado Titanium, está a la venta por 16.500 euros –los interesados deben consultar posibles descuentos del fabricante- y su equipamiento incluye airbags frontales, laterales y de rodillas para el conductor, distribuidor (EBD) y asistente (EBA) de frenada, elevalunas delanteros y retrovisores eléctricos, aire acondicionado, cierre centralizado con mando a distancia, alerón trasero del color de la carrocería, volante y pomo del cambio de cuero, radioCD con lector de Mp3, conexión para reproductores de música, llantas de aleación de 15 pulgadas, etc.



